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MARIANO SUÁREZ DEL VILLAR

Dibujo a plumilla de Mariano

Por Mercedes González Ribes (1944-2016)Crítica de arte y compañera de vida de Mariano.

El primer cuarto del siglo XX se caracterizó por las transformaciones ocurridas en las artes. Nacieron los “ ismos “ y con ellos nuevas modalidades y de forma para analizar al hombre y su entorno.

Este período denominado entre guerras, coincide con un mundo convulso e inseguro que presentía angustiosas épocas y a las cuales quería evadir.

En este tiempo 1929, nace en La Habana, Mariano Suárez del Villar, un artista antillano que se propuso halar un lenguaje pictórico capaz de trasmitir universalmente las visiones de una naturaleza surrealista en sí con una historia colmada de hechos mágicos, así como de una nacionalidad conformada por africanos y europeos quienes confluyeron para fomentar una sociedad nacida entre palmas reales, un mar cargado de leyendas de tesoros y piratas con fuentes para la eterna juventud y un monte lleno de ceibas que viajan para amarse.

En las calles de su habana Vieja aprendió el baile negro de cajón y percibió los chismorreos que susurraban en los conventos y entre mamparas.De su hogar recibió una cultura musical; hijo de un diletante aprendió a amar a Mozart y a Bethoven y así esa simbiosis entre lo clásico y lo popular lo convirtieron en un musicólogo espontáneo.

Cursó estudios de ARTES plásticas en la Academia de San Alejandro donde obtuviera premios durante toda su permanencia en ella.Entre sus maestros se hallaron Menocal y Romañach aunque quien lo librara del hálito neoclásico academicista fuera Carmelo González, uno de los pintores cubanos más completo, en su momento, por su dominio del dibujo, del color y su capacidad creativa .

Sus primeras piezas aparecieron lavanderas y planchadoras influenciado fundamentalmente por el impresionismo español en la figura de Sorolla y ya podía apreciarse el dibujo fácil y la pincelada suelta. durante los años cincuenta

Es la manera melancólica del mural mexicano lo que envuelve sus piezas,mas pronto echa a andar por la vía en busca de la vitalidad y alegría que son lo estados anímicos que predominan en sus cuadros.

La década del 59-69 será una etapa silenciosa, en este período detuvo el pincel.; otros sueños lo alejan hacia otros caminos. En algún lugar quedaron los materiales esperando aquella tarde en que hubiera de recoger una hoja blanca para plasmar un dibujo a líneas . En ese momento su vida se transformó en una febril lucha contra el tiempo perdido.

El retorno al soporte y al pincel se caracterizó por una entrega absoluta, el pequeño estudio cercano al mar era como una fragua, no se daba tregua buscaba un lenguaje ecuménico que partiera de lo más profundo de su identidad, sabía que estaba rodeado de elementos homólogos y a su vez antagónicos, que su mundo era convulso como su música y exuberante como su naturaleza y comprendió que si era capaz de trasmitir ese entorno lleno de hechizos y de preguntas sin respuestas podría comunicarse con el mundo.

Suárez del Villar tenía un hondo sentido de su idiosincracia, de su origen y de sus influencias. No fue África ni España lo que nacía en su soporte, no cayó en la trampa del “negrismo”. No era negro, no era blanco su mundo fue Antilla, esa tierra mítica, preñada de imágenes que hablaban de otra manera porque tenía nuevas cosas que decir. Su pintura es intensamente cubana y es su profunda localidad lo que la universaliza. En su obra tampoco encontramos temas panfletarios, aunque el momento fuera propicio, mostró su pueblo y su mundo, pero de manera atemporal. Tampoco se dejó trampear por el tiempo.

El proceso de la creación conllevó para él un esfuerzo titánico, tal como el de los antiguos, combinar el arte con el oficio del carpintero, construir el bastidor, montar la tela, tensarla, pasar la mano como una caricia hasta sentir la resistencia exacta, hacer la preparación con cola, lija, blanco España. Nada de telas preelboradas por otros para imprimar, no, puro esfuerzo como en el “cinquecento”. El fondeo era una verdadera obra creacional, fundir los colores hasta conseguir, a fuerza de brochón y muñeca de trapo, el tono exacto que sus visiones exigían en su cabeza como ideas obsesivas que sólo podrían nacer a través del pincel de cabo largo y cerdas finas que corría sobre el lienzo. Todo parece espontáneo pero cada pedazo de el cuadro ha sido meditado durante horas y boceteado en cualquier trozo de papel y en cualquier lugar. Tiempo de fuego que pocos conocen porque su rostro enseña una serenidad que está muy lejos de sentir, entonces recuesta la cabeza en el marco de una ventana, mientras un cuarteto de Mozart ocupa su espacio sonoro.

La mano dirige el pincel, apoya el antebrazo sobre el tiento y alcanza el efecto que se ha propuesto. La tela va cubriéndose de imágenes centrales o secundarias, que se entrelazan, así vemos surgir un tambor junto a un Quijote, en su rocín volante o quien va empinando una cometa o carga una muñeca con ojos tiernos y temerosos. De cada rincón brota una palma, una ceiba de ojos mágicos o cruza el espacio una caña cósmica para cazar una estrella.

Un pez dormido sobre la yerba o una nueva Venus sobre una hoja de Yagruma navega en las aguas de una charca tropical para homenajear a Sandro, el maestro Botticelli. Una casi mujer de cuerpo enjuto y pies descalzos, alza los ojos, sin sospechar que contempla el nacimiento de un mundo gracias a la hechicería de su hombre quien con mano diestra , pincelo de cabo largo y cerda fina ha creado para el tiempo

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Las grandes creaciones no son producto de la casualidad; a cada una de ellas el artista les trasmite su esencia, como su ADN a sus hijos, por eso las obras de Mariano Suárez del Villar transpiran cubanía., el fue un ejemplo del trópico y de las pasiones que enciende el sol; la fuerza de la tierra siempre verde; de ese mar caprichoso en el que, por milagro, no se hundieron las carabelas de Colón en un ciclónico octubre y que así oculta su fuerza bajo unas aguas aparentemente mansas, así este hombre bajo una sonrisa perenne y una delicadeza exquisita encerraba una personalidad ardiente y posesiva por lo que cada uno de sus cuadros nació de un parto agónico.

Al ojo del observador experimentado no se escapa el dominio técnico , ese dibujo preciosista y esa paleta de una diversidad extraordinaria donde juegan los ocres, los verdes, los azules y rojos para caer sobre la tela y cubrirla de una atmósfera excitante en la que danzan figuras mitad caña, mitad violín o atraviesan el cosmos naves guitarras al ritmo de un chequeré.

Ese conjunto de elementos, maneras, tecnicismos unidos una imaginación poco común, obligan a colocar la obra de este artista entre las más singulares de estos tiempos. La suya no es una pintura anecdótica sino sensitiva. Plasmó la sensualidad del Caribe a través de un lenguaje casi musical y danzario, porque el ritmo está siempre en primer plano, pero no de forma estática o convencional sino con movimientos y oscilaciones, que pueden apreciarse aún en sus paisajes, sin olvidar esas mujeres sensuales que despiertan un primitivo amor.

Mariano Suárez del Villar es poco conocido en su país, lo que confirma que “ nadie es profeta en su tierra “ durante doce años no expuso en salón alguno y he aquí su segundo tiempo de silencio , pero en este no abandono el pincel, al contrario trabajó con más fuerza e intensidad que nunca. El olvido no produjo depresión sino la necesidad de expresarse cada vez con mayor intensidad . Sus obras se encuentran hoy en importantes colecciones privadas de casi todos los continentes y su cotización es alta. Fue en ese tiempo de aislamiento

En que el número de sus obras creció y su lenguaje estético y técnico se hizo cada vez más profundo, aunque ningún crítico posaran sus doctos ojos en ellas.

Pero en 1995 salió nuevamente al ruedo con sus obras en ristre. La galería fue el Hotel Habana Guitart, volvería a exhibir en el Hotel Nacional con l9 obras impactantes; pero la vida es irónica y veintiún días después de cerrada esta muestra llevó el silencio definitivo que trae la muerte.

Fue Mariano Suárez del Villar un artista polémico; se enfrentó a tendencias que trataron de serle impuestas; defendió sus principios éticos y estéticos y rechazó los modos folclóricos de moda “ un negrismo” con apoyo oficial que no hacía otra cosa que ridiculizar la verdadera identidad nacional.

Mariano tenía fe en que su obra sería reconocida en algún momento y ése convencimiento lo acompañó hasta su muerte. Ahí está su pintura llena de vida y transmisora de la energía de un hombre que pintara hasta una semana antes de morir y que dejó un pececillo inconcluso que como su creador se despidió de la luz y el color.

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